domingo, noviembre 11, 2012

D'Artacán y los tres Mosqueperros ::: Manolo, la nuit



Todo empezó en twitter. Le dije a mi amigo Ramón de quedar en un bar que me había recomendado por su decadente aspecto y su rancia clientela. Como suele pasar con precisión matemática, llegué a la hora al sitio. El Bar Richelieu, en la Calle Eduardo Dato. Es curioso el solapamiento de nombres históricos, un cardenal francés de s. XVII y un político español de la Regencia y de Alfonso XIII. Todo muy moderno, sí. El otoño caía sobre la señera calle de marras en forma de llovizna y taxis pasando. ¡Qué de taxis! En Vallecas no se ven tanto, se lo aseguro. Todo el mundo va en taxi a todos sitios. En algo se debe notar que estamos en Almagro, al ladito de la Castellana, lindando con Serrano. 

Mameluco esperando. Un nuevo clásico madrileño.
Mi compañero de hora del té se retrasa por razones justificadas, que no vienen al caso para esta crónica. Nos sentamos afuera, en la terraza. A nuestro alrededor, pijos con caracolillos en el pelo toman su gin tonics en copas de balón y fuman puros del diámetro de una caña de lomo de Guijuelo. Nosotros a lo nuestro. Hablar de libros, de documentales, de paleontología. De las cosas que hablan dos caballeros en un club. 
¡Pero que cardenal más malo,
ni el mismísimo Ratzinger!
Sin duda, de Dartacan y los Tres Mosqueperros, donde el pérfido cardenal que daba el nombre al bar, era el malo malísimo. Nuestros recuerdos infantiles nos llevan incluso a tararear la música incidental. Los de al lado nos miraban raros. A lo mejor nuestra conversación sobre las andanzas de Joselito, el Pequeño Ruiseño, de cuando conoció al Che Guevara, o cuando fue mercenario en Angola, no le hacían gracia. O el cariz marcadamente anarcoide de algunas de mis afirmaciones a la gornú. Anda y que se ondulen con la permanent. Empezó a llover. No llevábamos paraguas, y eso hizo que nos quedásemos al resguardo de la terraza algún tiempo más. Tanto tiempo que me dieron ganas de hacer aguas menores, así que me sumergí en el ambiente denso, antiguo, loco del Richelieu... sillas de madera, marmol blanco en las mesas. En la escaleras para bajar al mingitorio, geodas, formaciones minerales y conchas adornaban una vitrina de gusto decimonónico, tan dado al acúmulo de especímenes. Abajo, era como un club de cócteles, y unas viejas me miraron con cara de susto. Cuando terminé, y me lavé las manos, comprobé con una alegría sin sentido alguno, que los grifos tenían agua caliente. Demasiado bonito para ser cierto. Parece ser que la factura que pagó Ramón incluía incluso masajes, aparte de baños aseados, porque era por decirlo en plan atmosférico, estratosférica. Eso sí, más aperitivos diferentes no había visto yo en mi vida. Los ricos y sus lujos, que a los demás nos parecen caros y abundantes, y a ellos supongo que normales. Bajamos deambulando por las calles, como si fuésemos Sherlock y Watson en el film del ínclito Garci, callejeando, yendo sin un rumbo fijo, bajando para el centro. Elegimos un bar de tapas bastante al gusto, donde los camareros llevaban galones. Santa Bárbara se llamaba el sitio. Yo, que no había comido, y venía de pasar un jueves espantoso de ansiedades y desvelos, pedí unas bravas y un pincho de tortilla, mientras Ramón me miraba comer -parece ser que se va a convertir en costumbre- tomando dobles cañas con posavasos de corcho. Llevaba en la mano durante todo el tiempo, esperando que no se mojase, un libro que mi acompañante tuvo el detalle de regalarme, y del que desconocía su existencia. El legado de Lovecraft, com prólogo de Robert Bloch. Los amigos que saben regalar libros acertados son los mejores amigos, que lo sepan. Al final, bajamos hasta Gran Vía. Yo tomé el metro hasta casa, y él siguió andando, hasta la suya, supongo.

Caballeros en una época de rufianes y malandrines
Llegué a Puente de Vallecas, y mi idea principal era escribir esto que les estoy escribiendo ahora, y comerme dos yogures de piña Carrefour. Con trocitos. Cuando me senté al ordenador se me ocurrió mirar el móvil, olvidado como siempre que quedo con Ramón, que no usa de esos armatostes. Un mensaje de la simpar Jimina Sabadú invitándome a una fiesta. 
El celtibérico que llevo dentro sale al paso, como Alfredo Landa en sus buenos tiempos.
El antiguo Mameluco, ese perrancano sin oficio ni beneficio, que creía que no tenía derecho a divertirse, había quedado, al menos ese día, atrás; la llamó enseguida. Es en Torres Blancas -me dice-, está Pablo Vázquez. No conocía ese edificio, ni dónde estaba... lo miro en el google, y me dice que tardaré 45 minutos en llegar... ¡adiós!... a lo mejor hasta se ha terminado la fiesta. Raudo, y mirando los billetes que tenía en la cartera, cogí un taxi. A Corazón de María, 2 -le digo al peseta-. Llegué en 11,75 euros. Jimina bajó a por mí, porque como sigo siendo un cateto no sabía ni por donde se entraba ni nada. El edificio era cool de verdad, con formas locas y sinuosas, que se repetían de forma especular. Subí y entré. Un montón de desconocidos se apiñaban en las oficinas de la productora Apaches. Sólo conocí a una persona. El conocido twittero Nacho Vigalondo que gesticulaba. Enrique, que es el jefe del asunto, me da la bienvenida. Al fondo distingo a Pablo, que conversa con una persona que me suena levemente. Era Victor Boglar, que es amigo del Facebook. Me presento. Conozco a Paula, la novia de Victor. Le pregunto que Paula ¿qué? Sólo Paula me dice, sencilla. Yo no soy de las que están en el FB todo el rato. ¡Ahhh! Replico yo. Gente normal, pienso para mis adentros. La conversación es amena y cordial. No sé de qué hablarían los modernos y hipsters que nos rodeaban, pero nosotros charlamos de cosas normales, la verdad. Le comento a Pablo que fui a ver Summetime con Ana Nieto el martes, y que lo que más me gustó fueron el guión y el trabajo de las actrices. 

Los de 2ª molamos mazo, que lo sepáis (Foto Tuenti)
Cuando digo eso Pablo sale volado. Sus actrices han llegado. Nos quedamos al lado de la espada original que llevaba el kurgan en Los Inmortales. Hemos conquistado un espacio vital. El que está entre el resto del piso y la habitación con el iMac con el Spotify. Pablo llegó al rato con las protas de Summertime, Alba y Ana, que resultan ser unas chicas estupendas y simpáticas. No sé... como no conozco a actrices, pues no sé como son. Estas muy apañadas.

Alba Messa, Ana Rujas y Mameluco. Summertime en otoño
Hablamos de la peli, de las movidas mentales (Paula es psicóloga y claro, supongo que tiene que aguantar que siempre que dice a lo que se dedica los loquitos le vengamos con lo mismo). Cada rato que pasa voy reconociendo caras. Les pido perdón a algunos por no presentarme ni nada; en el fondo soy tímido. Algunos bloggeros guión as que conozco desde hace mucho tiempo están por allí, pero no sé, es extraño llegar y decir: soy Mameluco, quizás me recuerdes de aquel comentario que te hice en 2009 o por aquel montaje del fotolog que me pediste prestado en alguna ocasión. No sé. Pablo habla con gente diferente que entiende demasiado de lo que habla para mi nivel. Otros que no me suenan de nada, son en realidad nombres muy conocidos, a los que no pongo cara. La noche continúa en una progresión de jiji jajá, y de sentirnos, como comentamos entre nosotros en petit comité, auntéticos invitados de segunda división. Bueno. Molamos. Si. ¿Qué pasa? Un murmullo general, y Vigalondo se acerca y dice que tiene que atender a la celebridad. Y es que Elijah Wood entra por la puerta. Una superestella de Hollywood. Vamos descendiendo de categoría a marchas forzadas. Se mete en una sala acristalada con el director y comienzan a pegar saltos. Bueno, cosas de artistas. Nosotros a lo nuestro. De repente Víctor nos dice... pues a mí Enrique me ha invitado diciéndome que venía Sasha Grey. O_O Una ex estrella porno con dimensión internacional, que parece ser -ya no leo el Fotogramas- que ha trabajado con Sodelbergh. Yo sabía que era la protagonista de la peli de cuyo rodaje es la fiesta porque Jimina hace de doble de luces de ella algunas veces. Seguimos a lo nuestro. Yo con una cocacola que se ha ido calentando durante toda la noche. Los otros van y vienen por cubatas a la cocina. Se habla desde coger espárragos y cardillos, nuevos paradigmas, nueva comedia americana a lo malo que es ser geólogo y lo malo que son los bancos. De repente, y sin que casi nadie se de cuenta, Frodo Bolsón pasa diciendo: Sorry. 
Tesoros varios, ya sea un Technics
o el Spotify
Se pone a hacer de DJ con Vigalondo. Golpean la mesa al ritmo de la música, cantando a grito pelao y haciendo que una bonita lámpara de diseño muriese en acto de servicio. Vigalondo al ver que todos miran empieza a señalar hacía afuera diciendo: ¡¡ahí fuera hay una fiesta!! Empezamos a decir FROOOOODO DJ... o PON A LOS NIKIS... cosas de las que el que el minúsculo actor hollywoodiense no se cosca, supongo. Salen en estampida. Seguimos apalancados en nuestro sitio. Gente se acerca, otra se ve. Casi todo el mundo conoce a todo el mundo. Yo -y creo que Paula- como que no. De repente, aparece Enrique con una chica y nos presenta a todos como de pasada. Fulanito, fulanita, fulanito,... Sasha. ¡Nos pusimos nerviosos! Victor y yo sobre todo, para que vamos a negarlo. Queda muy cutre en este tipo de eventos distendidos hacerte fotos con celebridades, pues es como, esto es normal, es entre amigos y tal. Sí, pero para un recién llegado a estas lides es como mínimo extraño. A mí Elijah Wood me importa muy poco ¡Pero es que es Frodo Bolsón, el que llevó el Anillo al Monte del Destino! Un converso como yo a la fantasía dejé pasar la oportunidad de echarme una foto con el señor Wood. Y es que en realidad, eso es de cortarrollos, sí. Jimina llegó a nuestro sitio. Hacía de anfitriona y se ocupaba de todo, así que no la habíamos visto casi nada en toda la noche. Nos dijo que nos presentaba a Sasha, pero bien. No lo pensamos ni un momento. Pablo se quedó charlando con nosequién, pero Víctor y yo acudimos raudos a conocer a la simpática yanki. Yo no entiendo inglés, la verdad, y nos contó, por lo que me he enterado hoy que un tipo que se medio coló en el happening la estuvo molestando con preguntas relativas al porno y tal. Una cosa muy fea, y sórdida. Y más hablando de una persona que ha dejado el género. Pero tuve la genial ocurrencia, de que si quedaba feo echarnos nosotros una foto, con Ansiolina no quedaría mal. Y se prestó encantada, aunque confesó a Jimina después que le daban grima los muñecos.

Ansiolina con Sasha y con Jimina. Una foto para el recuerdo.
Se hacía tarde. Muy tarde. Estábamos cansados. Salimos de la fiesta, despidiéndonos de los anfitriones, como buenos invitados, Alba, Ana, Víctor, Paula, Pablo y yo.

La Sabadú es estupenda ¿lo sabían? Pues sí.
Incluso dejé pasar al diminuto Frodo cuando salímos del edificio. Cada uno iba a una punta de Madrid, así que esperamos cuatro taxis. Pablo Vázquez, considerado como malo en el mundo de los muñequines, tuvo la deferencia de quedarse el último esperando.

Y así acabó el viernes. Un viernes que empezó con limpieza de habitación, siguió con exquisiteces pijas del Madrid más rancio y acabó en fiesta cool, en la que gracias a la gente que ya conocía o que conocí (los locales, los de aquí), fue una gran noche.
Jarcor, como dice Victor, pero bien.

Más ya mismo, aquí en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.

jueves, noviembre 01, 2012

Vivir un largo invierno

(Ocurrido entre el 26 y el 28 de Octubre)


El fin de semana empezó con las noticias del frío. Noticias que a mí me llegaron por teléfono, reporte meteorológico materno. Muy fiable. Al menos pude hacer la colada del viernes sin preocuparme por la lluvia, que aterrizaría por las calles días después.

Antón Martín fue un cura y médico del s. XVI.
Fundó el Hospital de San Juan de Dios en Atocha,
de ahí su plazuela
Había quedado para comer el sábado al mediodía con José Carlos y Carmen. Me habían citado en la Plazuela de Antón Martín. Llegué temprano, como siempre. En Madrid la gente es impuntual, parece ser. Lo estoy comprobando empíricamente. Si, lo es. No me importa, la verdad, pero era un día duro para esperar en la calle. El viento hacía que la sensación térmica fuese polar. A mí, en un principio, plín. Miraba a mi alrededor y contemplaba una de las farmacias más antiguas de Madrid, y un monumento transition style a los abogados de Atoche. Conocí a José Carlos hace muchos años. Es de mi pueblo, así que creo que lo recuerdo de toda la vida. Me acuerdo aún cuando nació su hermano Fernando -más joven que nosotros- y fui a verlo con mi madre a la casa que tenían por entonces, en el Arroyuelo. Nos hicimos amigos bastante después, en 2º de B.U.P (para lectores jóvenes, si es que los hubiese el equivalente a 4º de la ESO), donde los caracteres y gustos hicieron que tuviéramos muchas cosas en común. Es de los pocos amigos del instituto con el que he ido manteniendo un contacto irregular, pero certero, a lo largo de las décadas. Cómo la vida da muchas vueltas, él acabó en Madrid hace muchos años, y yo me encuentro ahora aquí, así que si antes cuando venía de visita nos veíamos, pues ahora con más razón.
Pedimos hora para comer en un restaurante gallego que se llama Maceiras. Para esperar, pues había cola, fuimos a tomarnos un piscolabis a un bar cercano. El sitio era un poco pijeras... no me acuerdo del nombre era como de un santo o algo así. Como buen paciente me tomé la Torasemida por la mañana, lo cual hace que me den ganas de mear cada dos por tres. Bajé por unos oscuros escalones y me encontré con algo parecido a unas criptas de tonel de amontillado... ¡qué no tenían luz propia! Tan sólo unos focos como de arreglar coches. El olor era cósmico. Tras tan traumática situación, salimos por patas de allí, pues al parecer la cerveza era también para echársela a los cochinos. De mala que estaba. Mi Fanta al ser un sabor standard estaba bueno.
El restaurante gallego bien, comí cosas que hacía eones que no probaba -mejillones, por ejemplo-, y en general bien, aparte del mal genio de una pequeña camarera con una camiseta de Nunca mais, que daba color al almuerzo. De repente apagaron las luces, y empezó a sonar por una megafonía cascadilla y distorsionada una invocación en gallego a las meigas. La camarera diminuta empezó a hacer queimada a las 5 de la tarde. ¡Qué cosa más rara, vive Dios! Parece ser que antes lo hacían a la hora de las brujas, a las doce de la noche, pero ahora todo es más turístico. Eso sí. Coca Cola no tenían. Parece ser que es tradición de la casa. Creo que Carmen y Carlos querían ir al cine, pero con el frío que estaba haciendo se ofrecieron (les dije con ojos de carrnero degollado) que me llevaran al Decathlon. No quería arruinar su tarde de cine, pero me quedaban luchas inclementes contra el tiempo, camino de mi máster, así que allí nos dirigimos. En Madrid todo está a tomar por saco, sobre todo las cosas locas que construyen en grandes polígonos industriales. Menos mal que había coche. Tras mucho buscar, encontré una 4XL que me convenció en seguida por su calidez, tamaño y precio. Me ofrecieron gentilmente irme a la sierra a pasar la noche, pero yo había quedado para la mañana del domingo con Lía. Otro día será. Me dejaron en casa, y salí a probar mi nueva zamarra comprado en la sección de Caza. ¡Funciona!¡Eureka!

¡Qué no me llaméis maestro, que me llamo Jesús!
12+1 Una comedia metafísica
Al final el domingo llegó, sin paseo por el mercado de nosedondequeíbamosair por cosas que tenía que hacer la Lía, y conmigo estudiando el módulo de fotografía en el piso. Mirar apuntes es agotador, una mierda. Odio los exámenes, ¿lo sabían? Pue eso. Estaba tristón, llevaba así varios días... pero como en mi vorágine de fin de semana habíamos quedado en la Sala Berlanga para ver una peli de esas luchaneras, pues allí que me presenté. No sabía quién iba. Todo era muy de incertidumbre en los mensajes privees del FB. Pero bueno, consultando en la web del metro de Madrid, Niño Murga, Ansiolina y yo nos presentamos allí, tras un trasbordo en Sol, que estaba lleno de gente con ganas de juerga, y un agradable paseo de Moncloa a dicho cine, donde pasé por la Calle de Don Hilarión Eslava, famoso autor de los antiguos métodos de solfeo con los que estudiaron nuestros padres y abuelos.

Castañita, Ansiolina -que sí entendió la película-
y los absolutamente diferentes
Niño Murga y B.b. Raro
.
Sólo nos encontramos con Jimina y con su amiga Beatriz como personas humanas, y con B.b. Raro y con Castañita como los simpáticos muñequines venidos de Remundo. Más que de sobras para pasar un buen rato de cine. Vimos una comedia metafísica que se llamaba 12+1. Iba de como los discípulos seguían a Jesús por el desierto y de las industrias que les pasan. A mí me gustó, la verdad. Era un despropósito, pero que tenía su gracia. Y los actores muy bien, creo yo. La peli acabó y decidimos tomarnos unos refrescos en cualquier café. Encontramos uno que se llamaba Café Tambor, y he de decir que espero repetir en ese sitio tan chulo. Ambiente decadente, jazz antiguo de fondo, y camareros simpáticos y clásicos. Hubo grata conversación y compañía. Beatriz, a la que no conocía, resultó ser un encanto de chica, pero se tuvo que ir. Jimina y yo nos quedamos un rato más acabando las tónicas, la cocacola nueva que eme pedí y los cacahuetes. Me dijo mi amiga Tona una vez que ver a la gente cuando está en una época no demasiado buena te hace conocerla mejor. Este fue uno de esas situaciones. Hablamos de cosas que no vienen al caso aquí, y me di cuenta que el Luchana, ese mágico club de murga y alegría, está formado por personas muy afines a mí, empezando por Jimina, detonante, creo, de todo esto. Las personas que conocemos por internet pasan por una criba no escrita, metalingüistica, no muy consciente, de búsqueda de afinidades, incluso de longitudes de onda cerebrales. Aún estando tristes, siempre queda tiempo para la risa. Eso es una lección que aprendí hace mucho, y que espero seguir aplicando. Era hora de irse. La simpar Sabadú pagó. Cuando salimos del Café Tambor -que supongo le gustará mucho a Tinín- hacía frío, Jimina, vestida de lolita mañanera, me acompañó un rato hasta el metro, cogió un taxi y nos despedimos. Espero que habrá próximas veladas en la Sala Berlanga. Espero no tener que ver esa tristeza en sus ojos.

Jimina y Mameluco en el Café Bar Tambor, contándose sus cosas. Bueno, aquí más bien posan.

Ahora estoy en Castro, de puente.
Pero habrá más, aquí en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.

sábado, octubre 27, 2012

De Madrid al cielo




Naranjito de Vallecas

Los que lleven mucho tiempo leyéndome sabrán mi obsesión por mirar “parriba”. Como he explicado muchísimas veces muchas de esas decisiones que me han hecho ser quien soy han sido tomadas mirando el cielo veraniego de la noche. Aunque también miro en lontananza, no crean, vaya ser que por allí es por donde venga el fin del mundo. Estos días están siendo de un constante mirar al firmamento, pues ora llueve ora hace sol, un follón importante, si tenemos en cuenta que como ya he dicho alguna que otra vez -repito y repito- no me he venido a la capital precisamente preparado para la próxima glaciación. Pero bueno, en un momento muy acertado, el día antes de irme de casa -de mi verdadera casa, vaya- mi hermana María José me dio un paraguas de propaganda que cabe en cualquier sitio. Es de un cocedero de mariscos. Al ser de los colores de una gamba hervida radiactiva (naranja fosforito) y con remates en plata, es un doble escudo. Me protege de la lluvia y de los autobuses. Andar con lluvia es un coñazo, qué les voy a contar yo. No es como los lánguidos paseos al atardecer que daba por la ribera de mi río natal. No es que me disguste la lluvia, pero es que acabas con los pantalones hechos una sopa, y claro, al ser voluminoso todo mi yo, el codo del brazo que no coge el paraguas acaba como el fondo del cajón de la fruta de un mal frigorífico. Y es que estás deseando de llegar a casa.
Mirando y mirando veo cosas. Lástima que se me haya quitado la buena costumbre de llevar la cámara encima siempre. Pero es otro engorro, si ya voy con el bolso este -muy viril ¿eh?- donde llevo la libreta de anillas del máster, el cuaderno, la pluma, el teléfono -aquí casi siempre lo llevo- y otros útiles como pañuelos, Fortasec, Antalgin e incluso un libro. Miro muchas cosas nuevas, que se van haciendo cotidianas a fuerza de los días: pero claro, el cielo es siempre distinto. El cielo de Madrid, de día, no es muy distinto a otros cielos. De noche, tiene esa pátina anaranjada que todas las urbes producen, que apenas dejan ver una miserable estrella. También hay que mirar por las ventanas. Lavando los cacharros el segundo día que estuve aquí, descubrí que se veía Torrespaña desde mi cocina. Y bueno, hasta hoy no le he echado foto. La estampa no deja de ser un poco rara... tiene un aire soviético. Ramplonas tejas con una agudísima aguja que apunta desde Madrid al cielo. Con sus parabólicas y su forma de ovni. La vida es extraña. Recuerdo el año 1989, la primera vez que vine a la Villa y Corte, y cuando vi recortada la silueta del Pirulí, al atardecer, como hoy, fue un momento impactante. Nunca había visto algo tan importante. Había visto la Mezquita, la Alhambra, la Giralda y otras minucias sin importancia, pero no el sitio de donde salía la tele. Después, en la típica ruta autobusera y turística vimos su gran envergadura. Creo que no he vuelto a verla de cerca.


Pero bueno, mejor que me meta ya en la cama y vea otros cielos menos reales, pero quizás más felices.
Pronto más. Aquí en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ

miércoles, octubre 24, 2012

Tres de la Cruz Roja



Cuando estás lejos del hogar, ponerte malo siempre es un engorro, aunque he de confesar que como todo lo que me está sucediendo desde que me vine a vivir a la capital, me lo estoy tomando con filosofía. Con filosofía estoica, para ser precisos. Supongo que si Los 3 de la Cruz Roja me tuviesen que sanar me habrían liado en una venda y llenado de yodo. Y total, lo que tengo son mocos y asobine. Como ya tengo más tiros pegaos que el trabuco de Curro Jiménez, hago lo que todo buen español que se vista por los pies hace. Pasar de ir al médico y automedicarse tan ricamente. Como me dio el domingo mi compañero de piso Serafín, me dio Paracetamol de 1 gr. La cosa se calmó, pero no tanto. Pasé una tarde regular ayer; en clase las cosas se desdoblaban y solapaban. Como culmen tuve ese examen tan cuqui del que les hablaba, como guinda del pastel mohoso. Lo hice bien, creo, pero no crean que no me afectó la cosa esta del resfriado. Cuando llegué a casa busqué una farmacia de 24 horas para encontrar la piedra angular de todo suculento autopiruleo: el Frenadol. Parece ser, según me dice La Gata Chundarata que no es bueno mezclarlo con las pastillas de los nervios, pero a mí siempre me ha dado un sueñecillo muy relajante. De hecho, esta noche he dormido sin despertarme nada, y soñando poco (bueno, recordando poco del sueño). Y he echado siestaca mañanera. Un placer y un lujo en los tiempos que corren.

Yo amputaría, dice Tony.
El pobre no parece tan malo, replica Manolo
Uffff... es lo único capaz de articular José Luis
Hoy tenía que salir antes de casa, y un poco más y me pilla el toro. Hemos ido de excursión a una imprenta muy grande, gigante y la verdad es que cuando llegué estaba más aturdido que cuando salí. Sería los principios activos frenadolíticos actuando en mi cuerpo serrano. Eso no ha evitado, no obstante, que saliendo debajo del foso de una máquina de offset gigante me haya pegado un cabezazo con dicho artefacto. Me ha salido un chichón y he pasado vergüenza. Uno no tiene la culpa de ser alto, pero sí despistado.
Ahora ya me he tomado el dichoso sobre, y espero a que me entre la soñarrera. Por cierto, eso de preguntarle al farmacéutico que ponen en los anuncios es como poco fraudulento. El sábado, cuando fui a casa de Hugo y Ángel me llegué a una y me metieron un medicamento con supuesto sabor a naranja (a naranjas de esas secas, parece ser) que se llamaba Frenagar y que bien poco me hizo. Yo lo cogí por su semejanza al la caja del Frenadol. Eran pastillas chupadas y eso poco hace... incluso las famosas Hibitane. Después ayer, un mozo calvo que me atendió no supo responderme a si lo más fuerte que tenían era el Frenadol complex. ¡Qué estafa de si tenemos alguna duda consultelo al profesional de la farmacia! Mi abuelo, que en paz descanse, mozo de farmacia durante 6 décadas, si que sabía aconsejarte. Y si no, hacía una fórmula magistral. Hoy en día es como un súper, jolines. En todo se pierde la magia. 

Los yogures y los muñequines que no falten.
Bueno, ya no les aburro más. Estar enfermo es feo, pero si cuidan de ti, como que mejor. Es lo malo de la soledad. Pero si se cuida uno, pues tampoco está mal.
Yo voy a ir cuidándome, por lo que pueda pasar.
Pronto, más cosas, tan intranscendentes o más que estas, aquí, en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.

domingo, octubre 21, 2012

Fin de semana


(Ocurrido los días 19, 20 y 21 de Octubre de 2012)


La tarde del domingo se vuelve más tediosa a medida de que el sol nublado se oculta ya por las lineas rectilíneas de la ciudad. Acabo de acabar de estudiar en una sesión maratoniana desde esta mañana. Y yo que me escapé de los estudios para no hacer exámenes. ¡Valiente listo estoy hecho! Mi primer fin de semana completo en la capital toca a su fin. El terminar amargoso y gripal no empaña las buenas sensaciones. 


El Milford, un lugar distinguido para gente distinguida
El viernes por la tarde me di cuenta de que hacía frío. En mi aturullado viaje para instalarme no hay ninguna chaqueta o abrigo para ponerme. Pensé entonces en ir a un Decathlon, porque las cosas son baratas y hay cosas de mi talla. Había quedado con Ramón a las 9, en la puerta del McDonald´s de Montera. Me fui un poco antes y sin marearme demasiado por esos laberínticos pasillos del Metro me planté en la Castellana. Debería hacer caso a los comentarios de la gente en internet. Era un tienda dedicada al golf (eso ya lo sabía) pero es que el caso es que no es que no tuvieran lo que buscaba, sino que mi talla no figura en los estándares de los jugadores de golf, parece ser. Yo sólo quería un humilde chubasquero de guerrilla. En fin. En un alarde de no equivocarme en los trasbordos y de rapidez, conseguí llegar a tiempo a mi cita con Ramón. Ramón es un viejo amigo de los blogs. Al principio fuimos “enemigos” y después, debido a gustos comunes y sensibilidades semejantes ante lo dandee y lo victoriano, llegamos a ser hermanos de pluma. Como le había comentado que quería un sitio rancio, me llevó a un sitio que no me acuerdo como se llama, pero que estaba bien. Música ratonera, menos cuando llegaron unos jevis, que cambiaron de palo. A nosotros, plim. Saboreábamos las bravas y charlábamos de nuestras cosas. Tuve que pedir una ración de ensaladilla porque estaba “esmayao” y el Ramón sólo comió pan. La primera vez que nos citamos para conocernos lo hicimos en el simpar Milford, un sitio increíble en los que ejecutivos con traje bebían gin tonics exóticos en copas de balón.La viejas enjoyadas, cortadas por el patrón de Carmen Franco, tomaban café. Era un sitio extraño y maravilloso. Estábamos fuera de lugar, sin duda, pero nadie nos miró con cara rara. Muy al contrario de donde fuimos después de la ensaladilla. Tampoco recuerdo como se llama, pero era un sitio anclado en el tiempo. En 1987, concretamente, con mesa de billar americano, olor a meados y baldosines rotos con asientos de eskay repujado. Sonaba Kiss Tv a todo trapo. El sitio no estaba mal del todo. Pero a través de amistades comunes de Ramón, coincidimos con un señor muy moderno, que se dignó a dirigirnos la palabra, incluso se atrevió a hacer especulaciones sobre si éramos hermanos. Cuando llegaron la gente que esperaba, nos miraron de una forma rara. Nosotros, como es costumbre hablábamos de paleontología y esas cosas, y los tipos estos nos compadecían. ¿Cómo se puede ser tan rancio? -se preguntarían-. Los hipsters estos de baratillo sólo creen en lo vintage, no en lo antiguo. Allá ellos. Luego fuimos paseando hasta Atocha, donde cogí el metro para volver a casa. El triásico, las glaciaciones y Werner Herzog fueron tratados con ligereza, aunque no faltando a la verdad.
Por la mañana ordené y limpié mi habitación. Los días anteriores había estado ocupado escribiendo esto. Después me cogí el Metro para llegar a la KDD del Club Luchana. 

Tinín con sus regalos y sus amigos
Niño Murga, que es hijo mío, y es un muñeco de goma, para celebrar que habíamos llegado a Madrid, puso un evento en internet. Como es nuevo en estas cosas, pues no pudo poner de acuerdo a la gente demasiado bien, y encima el tiempo era chungo. Para salvar la situación Ángel y Hugo tuvieron la idea de celebrar el cumpleaños de Tinín, un rubio, también de goma, que bien podía haberse llamado Oskar Matzerath, pues tiene siempre tres años y toca el tambor. Además es un poco cabrón también. Pues allí quedamos, pues, en la casa de los padres de Tinín. La cosa estuvo muy bien, una quedada luchanera en toda regla. Fuimos llegando con cuentagotas, es igual nos fuimos yendo. Hablamos de cosas muy importantes, como el bidé, la relación que teníamos los unos con los otros, y los muñequines con otros muñequines... incluso se hablo de muñequines con personas. ¡Una cosa muy rara! Acudimos Cristina con Moroco Coco, yo con Niño y Ansiolina. Tinin esperaba regalos. Después llegaron Ana Nieto y su compañera de piso Gabriela. También Elena. Al final y procedentes de una boda, Jimina y Enrique. Esta vez B.b. Raro se quedó en casa.
Están todos lo que son pero no están todos los que están. Si, es un lío
(Foto: Ana Nieto)

Casi que nos habíamos comido todo los gañanes que estábamos desde el principio, así que los anfitriones pusieron una pizza al socarrat, y vimos unos youtubes proyectados en la pared que parecía un cine, nen. Ya iba tocado del ala y no sé si parecí autista por momentos. Todos fueron divertidos, pero uno que no había visto y que me gusto bastante fue este, en el que nos enteramos porque PabloVázquez es tan malo con Usu Ario. Lo malo es que me dolía la garganta y la nariz ya me moqueaba un poco y no podía reírme sin parecer Patán, el perro de Pierre Nodoyuna.

¿Cine Club Verona?

Cuando he despertado esta mañana la cabeza hacía runrún y me dolían un poco las articulaciones... aún así he seguido con mi tarea de hacer un resumen claro y diáfano del primer tema del Máster. Me he tirado más de cuatro horas mirando y repasando, y entre la poca costumbre y la enfermedad incipiente, me hallo hecho cisco. Pero bueno, benditas sean las clases por la tarde, aunque mañana... ¡haya examen! Creo que me moriré pasando exámenes. No me libro de ellos, pero eso es ya otra historia. 
Pronto más en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ, un irregular blog de Mameluco.

domingo, octubre 14, 2012

El Extraño Viaje



Todo es extraño. Mañana me levantaré, me ducharé, pues soy un mameluco muy aseado, me vestiré y partiré hacía la nueva vida. Estoy tan exhausto tras unos días de vorágine en mi querida imprenta que los nervios se resiente en una gama muy baja del espectro de mis neuronas. Es como un ruido de fondo, un run rún, un come come underground, que hace que mis tripas resoplen como Moby Dick, pero mi cabeza está tan adormilada que no doy pie con bola. Pero es extraño, redundo. Me imaginé que saldría de aquí, para un destino con las oposiciones a secundaria aprobadas, y nada más lejos de la realidad. Voy a formarme de nuevo, como un párvulo, beberé de los nuevos saberes sobre colores y papeles, de máquinas quasimágicas y de olor a tinta. Nueva convivencia. Nuevas rutinas. Uff.

Llevo mis medicinas, no se crean, como Jesús Franco es esta simpática escena.
Sinceramente espero que no acabe como la peli del título de este post. Será un extraño viaje, pero no acabará en Mazarrón, sino en Vallecas; reitero mi deseo de no terminar como Tota Alba en dicha película. No espoileo más. Esta miniatura es para decirles que sigo vivo, medio coleando y asustado, pero ilusionado ante esta nueva perspectiva. Y no escribo más, además, porque le debo un artículo a Fernando y hasta que no se lo entregue, convenientemente ilustrado, no estaré del todo tranquilo.

Parto, si. No tendré ordenador en unos días, pero creo que podré sobrevivir. Si no, pulularé por web cafés y locutorios alóctonos de la manera más tonta.

No crean que me he olvidado del post  luchanero y del de mi hospedero especial en Torrejón City, pero es que no ha habido tiempo, debido a esto.

Próximamente pues MÁS. Aquí, en este humilde blog de viajes corticos.

No es ligero el equipaje

martes, octubre 02, 2012

El Pisito (y II)

(Ocurrido el 24 de septiembre de 2012)

Todo fue tan rápido que si no fuera por la ansiedad que desapareció en un flash, no me hubiese dado cuenta. Llegué a Madrid con los deberes hechos. Uno es precavido y metódico cuando las circunstancias lo requieren. Recopile varios anuncios de pisos en idealista.com por los barrios vallecanos (Numancia, Portazgo y Entrevías) e incluso por Moratalaz, del perímetro de donde voy a pasar unas cuatrocientas y pico horas los próximos meses (el ITGT). Lo primero que hice al llegar a Torrejón (de esta aventura ya hablaré otro día) es comprar uno de esos periódicos que tan gordos eran durante la maldita burbuja inmobiliaria. Creo que era el Segunda Mano. ¡Vaya mierda de publicación! ¡Qué 2,65 euros más mal gastados! Creo que revisando las hojas populacheras y pornográficamente consumistas del libelo por palabras, sólo conseguí un humilde número de teléfono, que los acontecimientos posteriores harían más inútil que un billete del Monopoly en un bazar chino. Mezclaban pisos de Barcelona y Valencia, aparte de los autóctonos, con lo que era un jaleo mirar las zonas. Llamé a varios números de gratis gracias a Rubén, mi hospedero ocasional. No me lo cogían. Mi capa de ansiedad más externa hacía gráficas, como un terremoto de 7.9 en un sismógrafo. Al final, alguien al otro lado contestó. Me instaba a ver el piso en poco tiempo –dentro de una hora, mejor hora y media-. Las coordenadas espaciotemporales se hacen chicle cósmico con eso de coger Cercanías y metros. Mi primer punto de referencia es que tenía que salir por los impares de Avda. de la Albufera, en la parada de Puente de Vallecas. Para mí, como si me dicen que tengo que coger el dirigible de las ocho y cuarto para Zanzíbar, o sea, no me imagino los sitios inexplorados; prefiero no hacerlo, por si al final la vida me da sopa con ondas.  Allí me planté. 

Entonces me dice usted, señora anciana acostada, que la fianza y octubre son 30 duros.
¿Dónde tengo que firmar?

Nervioso, miraba lo que me rodeaba, como si un espíritu me poseyera y estuviera fuera de mi cuerpo. Al igual que se me atonta el cerebro, en estas situaciones, los sentidos se agudizan, y veía con gran nitidez los árboles de los lados, las terrazas y la gente que paseaba por la amplia calle, que no tenía final. Oía el runrún de los coches y los acentos extranjeros de una casa de apuestas. Como soy así, llegué antes a mi destino, pero como soy puntual, esperé unos minutos en un banco, sentado, mirando un plano de Madrid. Moderno paleto con papel doblado en innumerables pliegues rectangulares. Si hubiese sido un lugar peligroso, todos los ladrones de la zona hubiesen venido a robarme. Al final llamé al telefonillo. “Soy el que busca piso” dije. Ñiiiiiiiii. La puerta se abrió. Un pasillo largo, con la puerta de una joyería me esperaba. Al final, un rellano renovado, pero con sabor añejo. ¡Sin ascensor! “Eso no parará mis pies cansados” –pensé-. Una luz entreverada de nubes y sol entraba en la escalera, que tiene un suelo moderno, pero unas puertas realmente bonitas y clásicas de la capital que existe en mi imaginación. Un tercero. Mi vida sana de los últimos meses no hace mella en mi resuello. Llamo, me abren. El piso estaba bien, es el primero que veo. El ambiente es tranquilo, parece ser. Habitación bien, cama grande. Hay una terraza en la puerta francesa. ¡Ya! No le doy más vueltas. Normalmente le doy vueltas a todo, pero en esto me dejo llevar por mi instinto. La mayoría de las veces –pocas, escasas- que lo uso han dado resultados satisfactorios. Llegué y fue besar el santo. Muchos me tacharan de “jambreagüilla” –uno que lo quiere todo ya, en dialecto castreño-, pero bueno, lo que piensen en este sentido, como comprenderán, me la trae bastante al fresco. 
Y ya. Ahora queda lo difícil. La costumbre. Hacerme a un nuevo ambiente, a unos nuevos olores, a unas nuevas texturas. Colores, trazos, humores. ¡Cuarto de baño! Lo último en realidad es lo más importante, pues mis tripas son muy reticentes a la novedad, como tantos dolientes de vientre nervioso. 
El próximo día 14 aterrizo.

Esta es la Avenida donde voy a vivir, en un Domingo de Ramos. Parece que  la foto no es reciente. Lástima.

Ya iré contando las sensaciones y estúpidas reflexiones que de todo esto puede salir. Al menos tendré wifi para contárselo.

Ya mismo: la adopción de Mosquita y esas cosas luchaneras que yo hago.
Aquí, en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.