jueves, noviembre 22, 2012

La Gran Familia y uno más ::: Todos somos Rappel




La cosa empezó temprano. Por esas cosas de compatibilidad de horarios con los compañeros de piso me tuve que levantar a las seis de la mañana para ducharme y tal. El autobús a Vitoria salía a las ocho. Aquellos que trabajéis me dirá que eso es lo normal, pero bueno, para mí madrugar en exceso no me gusta un pelo y lo llevo muy mal. Será acaso por mis fármacos de la risa que me tomo por las noches. Cogí la línea 1, después la 6 y como es costumbre en mí estaba en Avenida de América tres cuartos de hora antes de que el autobús saliese. Esperar no me importa. Eso es una virtud, o sea, dentro de mi nerviosismo congénito. El viaje en el Supra+ fue muy bien, básicamente por esos confortables asientos de cuero, y porque dormí dos horas y pico de viaje, cosa esta última que hace más llevadero esto de las traslaciones espaciales. Cogí un taxi y allí en la casa de mis primos me esperaba Inés con los dos zangolotinos, Miguel (2 años recién cumplidos) y Ion (4 meses). Nada más llegar comprobé que ya sólo subir las escaleras con dos infantes era ya una odisea en si misma. Pero bueno. El piso donde viven mis primos es muy chulo. Diseñado por un arquitecto que vivía allí -el casero-. 
Así suelen verme los niños de mi familia,
como a un Padrino Búfalo gordo.
Bueno, pues nos pusimos a hacer las cosas que tienen que hacer los niños. Darles de comer. Por razones obvias, yo no puedo hacer nada con Ion, pero con Miguel, al menos, me ponía a su lado para entretenerle. Miguel, aparte del nombre, ha heredado de mí y sobre todo de su padre, el gen Merino, genética un poco payasa y un poco ir a lo suyo. Ion es un niño muy sonriente, que se porta bien. Yo creía que los problemas los daban más los niños pequeñitos, pero no. A más grandes más excentricidad. Gaspar llega más tarde, trabaja en los hospitales. Es radiofísico. Viene hecho piscos, el hombre. Los problemas del trabajador. Aunque apenas hablemos en los últimos años, ha sido mi gran compañero de juegos, películas, de piso y el otro miembro del gran grupo underground avantgarde desconocidísimo The Whorish Lust.

El osaba entretiene a Miguel. Primer toma de contacto, bien.

Juntos pasamos veranos eternos, donde hoy, ya lo saben, paso yo los míos, que ya no son tan eternos, ni tan bonitos, aunque no me puedo quejar. Miguel duerme la siesta en el lugar indicado para dormir para el osaba (tío en vasco) Mameluquino, hago el paripé que me voy -en realidad me subo a la buhardilla por la puerta de arriba- para no perturbar la siesta del rey de la casa. Cuando llega Gaspar, Miguel duerme el sueño de los justos y Ion, que es muy bueno, también. Comemos y se van a dormir todos. Yo me quedo dormitando en un cómodo sofá, mirando internet y leyendo. Algún grado de sopor me da también. Una vez ya despiertos y dispuestos, y con la noche encima, nos vamos al parque. El parque es un sitio lleno de padres con niños, para quien no lo sepa. Hay columpios y toboganes, y otros artilugios de los que desconozco el nombre. Los padres interaccionan de una forma extraña. Extraña para mí, claro. Hablan de cosas que se me escapan. Hay como un nido gigante que es un columpio y allí van moviéndose. Están montados Miguel, un niño que va a su colegio que se llama Ibón, y un tal Aitor que no acabo de ubicar quién es. El padre de Ibón concuerda con el vasco profesional, y hace de sus idas y venidas en bicicleta una lucha contra los elementos. Parece que se cansan ya de estar montados. Yo mientras leo pintadas adolescentes en los cachivaches. Lástima que no echara foto de una sucesión de Karis y “te aga iluu” que había en unos triángulos que daban vueltas. Tenemos que comprar una berenjena. Lo hacemos. Volvemos a casa. La noche es fría, y me llama la atención la bruma, la humedad, como de cuento londinense. La noche es tranquila. Hago una tortilla de berenjenas y jamón, que hacía eones que no hacía. Nos la comemos diciendo a Miguel que es tortilla de pasta -¿la pasta es la berenjena?-, y cuando fuera todo estaba cubierto por la oscuridad, los niños, tras un buen rato de acompañamiento paternomaterno, dormían sin saber de peligros. 

Inés e Ion

Amanece. Gaspar se ha ido hace ya rato al hospital, Miguel desayuna, y con los ojos pegados me ducho. Es un día extraño. No hace frío. Ese frío prometido y esperado estaba ausente -al menos para mí- durante toda la mañana. Llevamos a Miguel al colegio. Muchas madres, muchos niños. En el País Vasco los niños van a la escuela con dos años. Allí veo a Urko, el amiguito de Miguel, que tiene una cara de vasco... Volvemos a casa. Yo salgo a buscar un sitio donde comprar pan, y de paso mi sempiterno zumo de manzana. No he desayunado. Como siempre me gusta hacerlo a media mañana, como los señoritos. Regreso. Tengo llaves. El Kasfruit tiene dibujos de los Gormiti. No comprendo esos estúpidos dibujos animados. Me gusta más, pero mucho más Bob Esponja, que es lo que vemos antes de ir a dormir. Desayuno tranquilo, viendo a Ion mecerse a mi lado.
Parezco un señor fingiendo llevar un carrito de niño
Es un niño sonriente. No sé si ya lo he dicho. Ya con Ion metido en el carrito volvemos al colegio Miguel de Cervantes. Una ikastola de verdad jamás se llamaría así, ¿no? Han hecho una piscina con hojas de otoño. La madre de Urko le da un trozo de bizcocho. Miguel también quiere, pero sólo lo lame, como hacen los niños cuando prueban las cosas. Al final pilla con más ansias el yogur que le lleva Inés. De vuelta nos paramos en la tienda a comprar verduras y carne, porque hoy hacer arroz a la murciana. Hace calor, se lo juro. De regreso a casa nos paramos en el parque de nuevo. Yo llevo a Ion en su carrito con rueda pinchada. Miguel ralentiza el paso, buscando hojas, palos, de todo. Yo me voy con la madre de Urko hacía el sitio ese de suelo acolchado. Miro para atrás y veo en la lejanía a mi iloba tocayo agachado, e Inés, con paciencia infinita atrayéndole para los cacharros. Hace mucho sol. Me sobra lo que me compré en el Decathlon. Medio me encargo de que a Iontxu no le dé el sol, mientras las madres columpian a sus vástagos. Después cojo el relevo. Les hace mucha gracia que los columpie a una mano y diga su nombre: ¡Urko! ¡Miguel!¡Urko! ¡Miguel!¡Urko! ¡Miguel! Y así... empiezan a dolerme los riñones. No estoy preparado para esta vorágine. 
El columpiero

Tengo que ir a comprar agua a un bar. Me tomé la torasemida, y eso dan ganas de mear, pero si no tienes líquido te dan ganas de beber. Tras unas pasadas por un tren lleno de pintadas como las ya mentadas y por el tobogán, nos vamos a casa. Hay un problema. ¿Cómo subir? No hay ascensor. Inés sube a Ion y yo intento lo mismo con Miguel. No está por la labor. Se tira de bruces en el recibido, haciendo como esos animales que se quedan quietos para que los dejes en paz. No puedo cogerlo; me siento impotente. Me da por pensar que el suelo está frío, y que vaya mierda de osaba estoy hecho para dejar al crío congelándose en el gélido pavimento. Inés baja, dejando llorando a Ion arriba. El niño se ha puesto rebelde. No sé que hacer. Compadezco a los padres de las criaturas. ¿Todos los días son así? Subimos. No me acuerdo que hicimos, pero Miguel se emperra con algo y su hermano, el pobre, llora porque le duele algo. Empieza a abrir el frigorífico. Le riño y le digo que no haga eso. Lo aparto porque vuelve. No soy Supernanny. Se enfada conmigo y empieza a llorar. Me siento superculpable. Me retiro lejos. Inés pensaría que “anda éste que se aparta”. Pero no quiero llorar yo. ¿Qué ejemplo de adultez sería? Aunque refunfuña un rato, cuando come la pasta que le he hecho, mientras Ion es atendido y alimentado por su madre, le hago cucamonas y ya se ríe un poco. Me quedo más tranquilo. Estoy acostumbrado a mis sobrinos de Castro, y los sé llevar mejor, claro. Me ven más. Me toman por un payaso, pero me conocen mejor. Y no quiero que Miguel piense que soy un ogro con cara de Olentzero. Miguel ha de dormir la siesta, pero ¡pardiez! Vamos a comer arroz y no hay arroz. Como el nene duerme el sueño de los justos no puedo entrar a la habitación. Así, que ni corto ni perezoso, en manga corta me voy a un LeClerc (o como se escriba) que hay cerca de casa. No paso frío, un poco de fresco, pero no frío. Es estimulante. Las calefacciones, necesarias e imprescindibles en ocasiones, en días como hoy me aturullan. Busco el arroz por el gran centro comercial. Doy antes con unas natillas Goshua, así que las cojo. Algo tendré que ofrecerle a mis anfitriones. Me voy. ¿Quiere bolsa? Sí. Cuando llego ya está Gaspar. Esta tarde es complicada. Vienen los de Ikea a dejar la cama nueva del Miguel, y encima mi primo está de guardia, y lo pueden llamar en cualquier momento. Llaman al teléfono. Son los de Ikea. No es del hospital... un pequeño susto. Lo traen antes de la cuenta. Apostábamos que subiría los tres pisos un señor de allende los mares con acento sudamericano, pero no. Aparece un achaparrado bilbaíno que no deja de traer paquetes y cajas. Pensamos en ir al centro, pero no, ya es tarde. Habrá que montar los muebles. Gaspar empieza a cacharrear cuando Miguel se ha levantado de la siesta. Lo llaman de nuevo, es del hospital... tiene que irse. Un nuevo conflicto, Miguel no quiere que su padre se vaya al trabajo... lloros y pataleos. ¡Pobre padre y pobre hijo! Al final salimos Inés y yo solos al parque; hemos de comprar cosas para la lasaña del sábado. El viaje se convierte entre la bruma en un disparate. Ion no quiere carrito. Miguel sigue apenado porque Gaspar se ha ido a cumplir con sus obligaciones. Todo es desconcierto. No sé si Inés nota mi agobio. Va rápido con el carrito porque así el pequeño se entretiene más. Yo voy que pierdo el resuello un poco. Nos vamos a casa sin pasar por el parque. Al llegar a casa Miguel deja que lo suba de la mano, ahorrando viajes varios por la escalera. No recuerdo ya muy bien esa noche. La distancia de los hechos y el hecho -valga la redundancia de que me cueste escribir- así lo hacen.


Operarios del Ikea working


Al día siguiente planeamos una visita al centro de Vitoria. Vamos todos en comandita. Como perdemos por los pelos todos los autobuses, decidimos ir andando. Vitoria es una ciudad abierta, llena de parques y árboles. De edificios antiguos y de curiosas estatuas de principios de siglo, ya sea a la Batalla de Vitoria, a Eduardo Dato o a un explorador del África Central, tan en boga en las últimas décadas decimonónicas. No me sé el nombre de las calles, así que me ahorraré la descripción de los sitios. Eso sí, pasamos por Ajuria Enea, y me acuerdo de que eso antes era un colegio. Lo sé porque Mauro Entrialgo, vitoriano universal, lo cuenta en una extensa entrevista en U, el hijo de Urich, que tengo por casa. Llegamos a la Catedral Vieja.

La familia al completo
Yo estuve en Vitoria-Gasteiz
El aire era frío y decidimos resguardarnos en la plaza porticada donde está el Ayuntamiento. Miguel corre de un lado para otro. Hay una boda muy pija y el coche que han alquilado los pintorescos novios es un coche antiguo que llama mucho la atención. Con la prole no nos podemos quedar a comer por algún sitio de los que hay por allí. Cogemos el 4 -creo- y regresamos. 
En el ¿4? camino de casa
Comemos lasaña muy buena, hecha por Inés. De nuevo se nos había olvidado comprar algo. Vuelvo al Leclerc, compruebo que la Euromillones no ha tocado y vuelvo con el queso mozarella. Devoramos la pasta. En este punto tengo mucho sueño. Todos se acuestan a dormir la siesta. Yo, a falta de otra cosa, me echo en el cómodo sofá, me retuerzo en una almohada y comienzo a dormir... cuando despierto, Gaspar ya ha empezado a montar la cama de nuevo. Se tiene que ir a una de esas cenas de trabajo a las que uno va para que no le pongan verde. Ayudo un poco a poner unas tablas que forman el somier. Miguel da vueltas y quiere ayudar, como todos los niños que ven armar cosas. Hablamos que mi abuelo Juan hubiese disfrutado armando muebles de Ikea. Hubiese tardado un verano entero, pero hubiese disfrutado, jajaja. Cuando se va Gaspar, al mayor no le sienta demasiado bien. Me tengo que ir a trabajar, dice Gaspar. Se queda penoso, claro. Para que pase el trago decidimos ver Porco Rosso, esa maravilla de Miyazaki. Miguel mira absorto los vuelos de los hidroaviones del Adriático. Como no teníamos nada de cenar Inés abre una bolsa de jamón al vacío que acompañamos con un triste pan de molde, pero que sabe muy bien. Miguel tiene que dormir en la cama nueva...¡y sin su padre! Fue difícil, claro. Al final acabamos de cenar tras varios intentos, y nos vamos a la cama.
Corría y volvía de vez en cuando a por la manzana de la amá
Cuando despierto, Gaspar ya está por ahí dando vueltas. Es temprano, pero no mucho. Tengo que llegar a la estación de autobuses. Me despido de mis anfitriones, prometiendo volver. 
El resumen que saco de la experiencia vitoriana es que los padres dan la vida por sus hijos, en un sentido amplio. Sacrifican muchas cosas a las que yo no podría renunciar. Me hace sentir más egoísta que de costumbre, pero supongo que la resignación y los malos ratos han de ser el precio del cariño de unos pequeños seres que han nacido de ti. Habrán notado -me refiero a mis primos- mi impotencia ante algunas situaciones. Les pido disculpas. Espero no haber molestado demasiado, o incluso haber sido de algo de ayuda. Les doy las gracias por dejarme participar en ese caos semicontrolado. Quiero conocer a mis sobrinos. No quiero ser una sombra con barba. Los otros me ven más. Me toman por el pito de un sereno, pero aunque tenga mis favoritos, saben que su tío Mame les entretendrá y los escuchará, sin demasiado paciencia, pero sí con atención.
De vuelta a Madrid me subo en un autobús Supra+ que tiene pantalla táctil por cada asiento. ¡Puedes elegir la peli que quieres ver! Elijo Funny People aunque ya la he visto. Judd Apatow nunca defrauda. Nunca comprenderé a los que dicen que esta película es regular. Pero eso lo dicen los que quieren partirse el ojete todo el rato, cuando lo bueno de esta nueva comedia americana es que no es eso. Tiene más en común con John Hughes que con American Pie. Bueno, eso lo digo yo que no tengo ni idea de nada.
Tras coger el metro y hacer trasbordo llego a Avenida de la Albufera. Bueno, antes un incidente reseñable. Cuando entro en el metro había un grupo de perrosflauta sentados en el suelo. Lo normal. Íbamos tan tranquilos cuando uno se levanta con intención de hablar. Yo creía que iba a pedir o algo y suelta la siguiente frase: ¡Al que se le ocurra ahorcar a un perro que sepa que va a acabar muchos años en un hospital! O_O De repente, un señor que iba sentado, barba blanca y El País en ristre comienza: ¡No permito amenazas!¡Estamos en un estado de derecho!¡Los jueces harán lo que tengan que hacer! El perroflauta grita más: ¡El que ahorque o maltrate a un perro lo va a pasar muy mal! El progre anciano sigue con la cantinela: ¡Eso es una amenaza!¡Somos ciudadanos de bien!¡Jamás haríamos daño a un animal! ¡Protestad contra Rajoy y la Botella! Entran en una conversación en un tono más bajo de la que se me escapa casi todo. Hay más de una España, pero ninguna de ellas se pondrá de acuerdo jamás, jajaja.



Estoy cansado, pero enseguida se me pasa, así que decido ir a uno de los eventos que hay en la tarde. A las monjas del musical de Sister Act del Colegio Católico ya lo veré otra vez. Quedé en ir a un acto que había convocado Jimina, que se llamaba “Todos somos Rappel”. Era un espectáculo de magia y humor de Juanjo de la Iglesia. Era en un sitio que se llamaba Colectivo La Latina. ¡Qué sitio, amigos! Era la progresión de lo que viene a ser las asociaciones de vecinos tan en boga y tan reivindicativas que surgieron como setas en la Transición a la pseudodemocracia neoliberal de la que gozamos hoy en día. Para empezar tenía un escaparate mezcla de tetería y tienda de souvenirs de Uzbekistan.

¿Qué me dicen del escaparate?
Víctor venía. Jimina llegaba justa, como siempre. Llegó Víctor y compramos las entradas. Unas entradas minimalistas. Un trocito de papel amarillo de poco gramaje que ponía un número en una esquina. Llegaron Jimina y Enrique; los amigos que esperaba Víctor tardaban un poco más. Nos metimos. Yo creía que iba a ser una minisala con asíentos, pero resultó ser un caos de sillas y mesas utilizadas como sillas con niños corriendo, gente con pintas pseudohippies y lleno hasta los topes. Intentamos hacernos sitio entre tanta algarabía y acabamos sentado en los sillones de la barra, en donde según Enrique daban ¿Amigo Cola?, por aquellos de no jugarles el juego a los capitalistas, pero los Beefeater eran Beefeater de verdad, de los que proveen a Isabel II de Inglaterra. El espectáculo comienza. No es gran cosa, pero divierte, sobre todo las interacciones con el público. Hay un descanso para hacer gasto. Víctor me presenta a Raúl y a Jimena. Hay algarabía de niños que quieren palomitas, padres que quieren cubatas y gritones de toda condición. Empieza el segundo acto. Magia y trucos con más gracia que ilusionismo y más risas. Cuando acaba la función Jimina nos presenta a su padre, el señor Sabadú, que no se como se llama porque sólo dijo: este es mi padre. Para más inri cuando ya se iba lo llamó de nuevo, e hizo -pidiéndome permiso eso sí- que le enseñará a Niño Murga y a Ansiolina. Pues yo creía que esta era la única que estaba zumbá, dijo el buen señor. Somos más, repliqué yo.
Encima de los pintxos, siempre dando la murga

Salimos del lugar que sabía a pub de los 80 con lo reivindicativo de los 70, no sin antes que una de las que recogía vasos muy mal educada le diera un empujonazo a Jimina y le dijera: Has resbalao por el suelo. Ver para creer. Íbamos a ir a un bar, pero estaba cerrado. Optamos (optan) por el Juana la Loca, un sitio que según Enrique es en donde ponen los mejores pinchos de tortilla de Madrid. 

¡Y vive Dios que es cierto! Los camareros eran unos estirados que no nos dejaron sentarnos en una mesa que estuvo todo el rato vacía. Pero bueno. Y charlamos y tal y cual. 
Jimina, como es una fundadora generosa repartió carnets.

El Club Luchana somos todos... (aunque haya infiltrados del Club Lechuga)
 La chica recién conocida, Jimena, se mostró muy interesada en los carnet hechos en tipografía, lo cual, como siempre pasa, me hace hablar como un loco de mi imprenta, de la fundación y esas cosas. Conocía a Unos tipos duros, web que visito con frecuencia. Era un niña muy simpática. Al final los artistas se pusieron a hablar de sus cosas y Víctor y yo, perros viejos, repetimos tortilla y hablamos de Hodgson. De ahí me surgió la idea de dedicar mi próxima experiencia shadowliner a la trilogía de este señor que entusiasma a amantes del terror, a amantes de la literatura o a ambos.

Hablar de sus cosas
Jimina se fue, que tenía que darle de comer a los artistas. Nos quedamos un rato más, pero al final como siempre pasa, nos fuimos (es una obviedad, pero es así). Jimena vivía por allí cerca, Raúl y Víctor cogían el metro en La Latina, y yo en Tirso de Molina. La simpática Jimena me regaló un plano del metro plastificado, que en un principio no quise aceptar, pero que ahora me acompaña en mi cartera.








Cruzaba la calle ¡quedaremos otro día! Decía Víctor Boglar. ¡Para hablar de Hogdson! Respondía yo. Y así más o menos acabó el fin de semana.

Funny People
He sido muy minucioso con lo de Vitoria, para intentar transmitir los múltiples matices cambiantes del caos en una casa con niños.


Bueno, ya mismo más en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.

domingo, noviembre 11, 2012

El Gafe





No todo es glamour en la vida madrileña. Creo que estoy seleccionando cosas demasiado divertidas. Y no es oro todo lo que reluce, no. Para empezar es domingo. He estado haciendo un cartel de esos by the face que ya había hecho ayer, pero que al final era con orla y no con esquinazos. Opps!...I did it again y Santas Pascuas en Belén. Cuando termino de eso me pongo a repasar lo del Máster. Descubro alterado que mi libreta -al igual que mi paraguas- se me quedó olvidado en clase el miércoles. ¡Oh, aún peor, la he perdido! Allí tenía los teléfonos de mis compañeros, aparte de horarios de autobuses y tarjetas de profes. Quería mandar un sms a alguno para que me mandase una cosa. No he podido. Mi gozo en el pozo de los correos que jamás serán enviados, como aquello que decía Kafka de los besos de las cartas. Deberíamos habernos dado los correos y así lo habría añadido a contactos, pero ese pérfido invento llamado móvil siempre estropea mis planes. Pero bueno, he leído las presentaciones power-point (odio lo power-points, los que me conozcan de más tiempo lo sabrán) y mis apuntes. No creo que haya problema con mis conocimiento sobre los pdf, el arte final, los planos anisótropos y todas esas cosas fabulosas que me miro en estos días. Harto ya de mirar cosas, y angustiado por no saber dónde diantres está mi cuaderno. me dispongo a salir de casa.

Apuntes y cuaderno de anillas,
pero de mi libreta con mis cosas nada.
Mi aspecto no es muy bueno. Mi compañero de piso siempre dice que tengo muy mala pinta por las mañanas, como si estuviese resacoso. Difícil siendo abstemio (o gilipollas, como me decía el otro día un simpático señor de mi pueblo, el Campano). Me cambio de jersey, que el que llevaba puesto tenía lamparones de aceite, porque hoy la sartén se ha revelado. Me pongo la cazadora de cazador del Decathlon y una bufanda de imitación Burberry. Por el motivo tartán más que otra cosa (lo que aprende uno viendo Colin&Justin). Cuando me dispongo a bajar las escaleras mi talón dice aquí estoy yo. Yendo por la Calle Génova el otro día con Ramón, hice un extraño al subir una acera. Como había andado mucho la cosa estaba caliente y no noté nada. El PP tiene la culpa. Después estuve de pie en la fiesta ya referida aquí, y eso ha pasado factura. Ese tobillo me lo doble una vez que hice doblete -me torcí los dos tobillos a la vez- cayéndome por unas escaleras de granito que hoy ya no existen. Lo bueno es que no era la primera vez que esa dichosa escalera probaba mis avalanchas, porque jugando a ser bicivolador, con un triciclo, de pequeño, me abrí una brecha en la cabeza... los mamelucos tropiezan dos veces con la misma escalera, está visto. Bueno, cojo el ascensor, y pate que pate, voy dando un paseo por los aledaños, para andar un poquito y orearme. ¡Qué frío hace, por Dios! Es ese frío fino que se filtra por las fibras de cualquier ropaje, y te llega hasta en corazón mismo del tuétano. He ido andando hasta un feo mercadillo medieval o similar que hay aquí al lado. Me he acercado a un mago, vestido de Merlín, pero en versión yonkypalace, y hacía un frío del demonio. No paran de sonar las gaitas. Hoy me han despertado. Bueno, fui a tomar un cafelín a O'Faro, un sitio buenísimo, donde desayunas café, tostada y zumo de naranja natural por 2,20 €, y me he puesto al lado de una estufa de esas que cuelgan de las paredes. Una pareja discutía con su hija. Las palabrotas surgían de sus bocas a una velocidad supersónica. Después se extrañan de dónde sacan los vocabularios los que salen en GH o Gandía Shore. Salgo del techaico que ponen y el frío es de vértigo. Oteo en la lejanía.

Yo también quiero esos churros, parece gritar Peliche
a la simpar Julia Caba Alba en esta escena de El Gafe
Es la churrería que está al lado del Mercado de Puente de Vallecas y el aroma es embriagador. Me hubiese comido un papelón del tamaño del ego de Sánchez Dragó, pero reprimí mis ansias. Cojitranco me dirigí entre puestos clandestinos de cosas robadas a un chino donde sé que venden zumo de manzana Don Simón. No es mi predilecto, pero es domingo por la tarde... Cojo también un Aquarius para hacer gasto, básicamente porque sólo tenía en la cartera un billete de 20 euros y calderilla. Voy a pagar y le doy el billete al chino. Tras mucho trapichear con monedas y con una cartera que se saca del bolsillo me da la vuelta de 10. Te he dado 20, le digo al chino, y se hace el tonto. ¡Qué me quería tangar! Me puse serio y dije: TE HE DADO VEINTE. Y ya me dio los 10. Si no hubiese sido cierto nunca me lo hubiese dado, que lo sepan. Me querían timar. A lo mejor es que tengo cara de tonto. Cara de resacoso. Cara de domingo. Cara de asco. Salgo cojito de vuelta a casa. El frío es dickensiano; los niños van abrigados y las aceras bullen de gente. Tras dar una vuelta a la manzana, me vuelvo a casa, a los apuntes. Desde luego, los domingos son gafes.

Ya mismo más en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ. 
Me voy a Vitoria el jueves, así que a lo mejor no es tan ya mismo, jajaja.

***
Otros gafes famosos:

El de barbas que pedía el juguito de naranja en
El alegre divorciado, de Pedro Lazaga con Paco Martínez Soria.

Jessica Fletcher, que donde iba de visita cascaban uno u dos. O en Cabot Cove. 

Yo llevaba linterna mucho antes que Dana Scully,
 dice la escritora malrrollera

D'Artacán y los tres Mosqueperros ::: Manolo, la nuit



Todo empezó en twitter. Le dije a mi amigo Ramón de quedar en un bar que me había recomendado por su decadente aspecto y su rancia clientela. Como suele pasar con precisión matemática, llegué a la hora al sitio. El Bar Richelieu, en la Calle Eduardo Dato. Es curioso el solapamiento de nombres históricos, un cardenal francés de s. XVII y un político español de la Regencia y de Alfonso XIII. Todo muy moderno, sí. El otoño caía sobre la señera calle de marras en forma de llovizna y taxis pasando. ¡Qué de taxis! En Vallecas no se ven tanto, se lo aseguro. Todo el mundo va en taxi a todos sitios. En algo se debe notar que estamos en Almagro, al ladito de la Castellana, lindando con Serrano. 

Mameluco esperando. Un nuevo clásico madrileño.
Mi compañero de hora del té se retrasa por razones justificadas, que no vienen al caso para esta crónica. Nos sentamos afuera, en la terraza. A nuestro alrededor, pijos con caracolillos en el pelo toman su gin tonics en copas de balón y fuman puros del diámetro de una caña de lomo de Guijuelo. Nosotros a lo nuestro. Hablar de libros, de documentales, de paleontología. De las cosas que hablan dos caballeros en un club. 
¡Pero que cardenal más malo,
ni el mismísimo Ratzinger!
Sin duda, de Dartacan y los Tres Mosqueperros, donde el pérfido cardenal que daba el nombre al bar, era el malo malísimo. Nuestros recuerdos infantiles nos llevan incluso a tararear la música incidental. Los de al lado nos miraban raros. A lo mejor nuestra conversación sobre las andanzas de Joselito, el Pequeño Ruiseño, de cuando conoció al Che Guevara, o cuando fue mercenario en Angola, no le hacían gracia. O el cariz marcadamente anarcoide de algunas de mis afirmaciones a la gornú. Anda y que se ondulen con la permanent. Empezó a llover. No llevábamos paraguas, y eso hizo que nos quedásemos al resguardo de la terraza algún tiempo más. Tanto tiempo que me dieron ganas de hacer aguas menores, así que me sumergí en el ambiente denso, antiguo, loco del Richelieu... sillas de madera, marmol blanco en las mesas. En la escaleras para bajar al mingitorio, geodas, formaciones minerales y conchas adornaban una vitrina de gusto decimonónico, tan dado al acúmulo de especímenes. Abajo, era como un club de cócteles, y unas viejas me miraron con cara de susto. Cuando terminé, y me lavé las manos, comprobé con una alegría sin sentido alguno, que los grifos tenían agua caliente. Demasiado bonito para ser cierto. Parece ser que la factura que pagó Ramón incluía incluso masajes, aparte de baños aseados, porque era por decirlo en plan atmosférico, estratosférica. Eso sí, más aperitivos diferentes no había visto yo en mi vida. Los ricos y sus lujos, que a los demás nos parecen caros y abundantes, y a ellos supongo que normales. Bajamos deambulando por las calles, como si fuésemos Sherlock y Watson en el film del ínclito Garci, callejeando, yendo sin un rumbo fijo, bajando para el centro. Elegimos un bar de tapas bastante al gusto, donde los camareros llevaban galones. Santa Bárbara se llamaba el sitio. Yo, que no había comido, y venía de pasar un jueves espantoso de ansiedades y desvelos, pedí unas bravas y un pincho de tortilla, mientras Ramón me miraba comer -parece ser que se va a convertir en costumbre- tomando dobles cañas con posavasos de corcho. Llevaba en la mano durante todo el tiempo, esperando que no se mojase, un libro que mi acompañante tuvo el detalle de regalarme, y del que desconocía su existencia. El legado de Lovecraft, com prólogo de Robert Bloch. Los amigos que saben regalar libros acertados son los mejores amigos, que lo sepan. Al final, bajamos hasta Gran Vía. Yo tomé el metro hasta casa, y él siguió andando, hasta la suya, supongo.

Caballeros en una época de rufianes y malandrines
Llegué a Puente de Vallecas, y mi idea principal era escribir esto que les estoy escribiendo ahora, y comerme dos yogures de piña Carrefour. Con trocitos. Cuando me senté al ordenador se me ocurrió mirar el móvil, olvidado como siempre que quedo con Ramón, que no usa de esos armatostes. Un mensaje de la simpar Jimina Sabadú invitándome a una fiesta. 
El celtibérico que llevo dentro sale al paso, como Alfredo Landa en sus buenos tiempos.
El antiguo Mameluco, ese perrancano sin oficio ni beneficio, que creía que no tenía derecho a divertirse, había quedado, al menos ese día, atrás; la llamó enseguida. Es en Torres Blancas -me dice-, está Pablo Vázquez. No conocía ese edificio, ni dónde estaba... lo miro en el google, y me dice que tardaré 45 minutos en llegar... ¡adiós!... a lo mejor hasta se ha terminado la fiesta. Raudo, y mirando los billetes que tenía en la cartera, cogí un taxi. A Corazón de María, 2 -le digo al peseta-. Llegué en 11,75 euros. Jimina bajó a por mí, porque como sigo siendo un cateto no sabía ni por donde se entraba ni nada. El edificio era cool de verdad, con formas locas y sinuosas, que se repetían de forma especular. Subí y entré. Un montón de desconocidos se apiñaban en las oficinas de la productora Apaches. Sólo conocí a una persona. El conocido twittero Nacho Vigalondo que gesticulaba. Enrique, que es el jefe del asunto, me da la bienvenida. Al fondo distingo a Pablo, que conversa con una persona que me suena levemente. Era Victor Boglar, que es amigo del Facebook. Me presento. Conozco a Paula, la novia de Victor. Le pregunto que Paula ¿qué? Sólo Paula me dice, sencilla. Yo no soy de las que están en el FB todo el rato. ¡Ahhh! Replico yo. Gente normal, pienso para mis adentros. La conversación es amena y cordial. No sé de qué hablarían los modernos y hipsters que nos rodeaban, pero nosotros charlamos de cosas normales, la verdad. Le comento a Pablo que fui a ver Summetime con Ana Nieto el martes, y que lo que más me gustó fueron el guión y el trabajo de las actrices. 

Los de 2ª molamos mazo, que lo sepáis (Foto Tuenti)
Cuando digo eso Pablo sale volado. Sus actrices han llegado. Nos quedamos al lado de la espada original que llevaba el kurgan en Los Inmortales. Hemos conquistado un espacio vital. El que está entre el resto del piso y la habitación con el iMac con el Spotify. Pablo llegó al rato con las protas de Summertime, Alba y Ana, que resultan ser unas chicas estupendas y simpáticas. No sé... como no conozco a actrices, pues no sé como son. Estas muy apañadas.

Alba Messa, Ana Rujas y Mameluco. Summertime en otoño
Hablamos de la peli, de las movidas mentales (Paula es psicóloga y claro, supongo que tiene que aguantar que siempre que dice a lo que se dedica los loquitos le vengamos con lo mismo). Cada rato que pasa voy reconociendo caras. Les pido perdón a algunos por no presentarme ni nada; en el fondo soy tímido. Algunos bloggeros guión as que conozco desde hace mucho tiempo están por allí, pero no sé, es extraño llegar y decir: soy Mameluco, quizás me recuerdes de aquel comentario que te hice en 2009 o por aquel montaje del fotolog que me pediste prestado en alguna ocasión. No sé. Pablo habla con gente diferente que entiende demasiado de lo que habla para mi nivel. Otros que no me suenan de nada, son en realidad nombres muy conocidos, a los que no pongo cara. La noche continúa en una progresión de jiji jajá, y de sentirnos, como comentamos entre nosotros en petit comité, auntéticos invitados de segunda división. Bueno. Molamos. Si. ¿Qué pasa? Un murmullo general, y Vigalondo se acerca y dice que tiene que atender a la celebridad. Y es que Elijah Wood entra por la puerta. Una superestella de Hollywood. Vamos descendiendo de categoría a marchas forzadas. Se mete en una sala acristalada con el director y comienzan a pegar saltos. Bueno, cosas de artistas. Nosotros a lo nuestro. De repente Víctor nos dice... pues a mí Enrique me ha invitado diciéndome que venía Sasha Grey. O_O Una ex estrella porno con dimensión internacional, que parece ser -ya no leo el Fotogramas- que ha trabajado con Sodelbergh. Yo sabía que era la protagonista de la peli de cuyo rodaje es la fiesta porque Jimina hace de doble de luces de ella algunas veces. Seguimos a lo nuestro. Yo con una cocacola que se ha ido calentando durante toda la noche. Los otros van y vienen por cubatas a la cocina. Se habla desde coger espárragos y cardillos, nuevos paradigmas, nueva comedia americana a lo malo que es ser geólogo y lo malo que son los bancos. De repente, y sin que casi nadie se de cuenta, Frodo Bolsón pasa diciendo: Sorry. 
Tesoros varios, ya sea un Technics
o el Spotify
Se pone a hacer de DJ con Vigalondo. Golpean la mesa al ritmo de la música, cantando a grito pelao y haciendo que una bonita lámpara de diseño muriese en acto de servicio. Vigalondo al ver que todos miran empieza a señalar hacía afuera diciendo: ¡¡ahí fuera hay una fiesta!! Empezamos a decir FROOOOODO DJ... o PON A LOS NIKIS... cosas de las que el que el minúsculo actor hollywoodiense no se cosca, supongo. Salen en estampida. Seguimos apalancados en nuestro sitio. Gente se acerca, otra se ve. Casi todo el mundo conoce a todo el mundo. Yo -y creo que Paula- como que no. De repente, aparece Enrique con una chica y nos presenta a todos como de pasada. Fulanito, fulanita, fulanito,... Sasha. ¡Nos pusimos nerviosos! Victor y yo sobre todo, para que vamos a negarlo. Queda muy cutre en este tipo de eventos distendidos hacerte fotos con celebridades, pues es como, esto es normal, es entre amigos y tal. Sí, pero para un recién llegado a estas lides es como mínimo extraño. A mí Elijah Wood me importa muy poco ¡Pero es que es Frodo Bolsón, el que llevó el Anillo al Monte del Destino! Un converso como yo a la fantasía dejé pasar la oportunidad de echarme una foto con el señor Wood. Y es que en realidad, eso es de cortarrollos, sí. Jimina llegó a nuestro sitio. Hacía de anfitriona y se ocupaba de todo, así que no la habíamos visto casi nada en toda la noche. Nos dijo que nos presentaba a Sasha, pero bien. No lo pensamos ni un momento. Pablo se quedó charlando con nosequién, pero Víctor y yo acudimos raudos a conocer a la simpática yanki. Yo no entiendo inglés, la verdad, y nos contó, por lo que me he enterado hoy que un tipo que se medio coló en el happening la estuvo molestando con preguntas relativas al porno y tal. Una cosa muy fea, y sórdida. Y más hablando de una persona que ha dejado el género. Pero tuve la genial ocurrencia, de que si quedaba feo echarnos nosotros una foto, con Ansiolina no quedaría mal. Y se prestó encantada, aunque confesó a Jimina después que le daban grima los muñecos.

Ansiolina con Sasha y con Jimina. Una foto para el recuerdo.
Se hacía tarde. Muy tarde. Estábamos cansados. Salimos de la fiesta, despidiéndonos de los anfitriones, como buenos invitados, Alba, Ana, Víctor, Paula, Pablo y yo.

La Sabadú es estupenda ¿lo sabían? Pues sí.
Incluso dejé pasar al diminuto Frodo cuando salímos del edificio. Cada uno iba a una punta de Madrid, así que esperamos cuatro taxis. Pablo Vázquez, considerado como malo en el mundo de los muñequines, tuvo la deferencia de quedarse el último esperando.

Y así acabó el viernes. Un viernes que empezó con limpieza de habitación, siguió con exquisiteces pijas del Madrid más rancio y acabó en fiesta cool, en la que gracias a la gente que ya conocía o que conocí (los locales, los de aquí), fue una gran noche.
Jarcor, como dice Victor, pero bien.

Más ya mismo, aquí en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.

jueves, noviembre 01, 2012

Vivir un largo invierno

(Ocurrido entre el 26 y el 28 de Octubre)


El fin de semana empezó con las noticias del frío. Noticias que a mí me llegaron por teléfono, reporte meteorológico materno. Muy fiable. Al menos pude hacer la colada del viernes sin preocuparme por la lluvia, que aterrizaría por las calles días después.

Antón Martín fue un cura y médico del s. XVI.
Fundó el Hospital de San Juan de Dios en Atocha,
de ahí su plazuela
Había quedado para comer el sábado al mediodía con José Carlos y Carmen. Me habían citado en la Plazuela de Antón Martín. Llegué temprano, como siempre. En Madrid la gente es impuntual, parece ser. Lo estoy comprobando empíricamente. Si, lo es. No me importa, la verdad, pero era un día duro para esperar en la calle. El viento hacía que la sensación térmica fuese polar. A mí, en un principio, plín. Miraba a mi alrededor y contemplaba una de las farmacias más antiguas de Madrid, y un monumento transition style a los abogados de Atoche. Conocí a José Carlos hace muchos años. Es de mi pueblo, así que creo que lo recuerdo de toda la vida. Me acuerdo aún cuando nació su hermano Fernando -más joven que nosotros- y fui a verlo con mi madre a la casa que tenían por entonces, en el Arroyuelo. Nos hicimos amigos bastante después, en 2º de B.U.P (para lectores jóvenes, si es que los hubiese el equivalente a 4º de la ESO), donde los caracteres y gustos hicieron que tuviéramos muchas cosas en común. Es de los pocos amigos del instituto con el que he ido manteniendo un contacto irregular, pero certero, a lo largo de las décadas. Cómo la vida da muchas vueltas, él acabó en Madrid hace muchos años, y yo me encuentro ahora aquí, así que si antes cuando venía de visita nos veíamos, pues ahora con más razón.
Pedimos hora para comer en un restaurante gallego que se llama Maceiras. Para esperar, pues había cola, fuimos a tomarnos un piscolabis a un bar cercano. El sitio era un poco pijeras... no me acuerdo del nombre era como de un santo o algo así. Como buen paciente me tomé la Torasemida por la mañana, lo cual hace que me den ganas de mear cada dos por tres. Bajé por unos oscuros escalones y me encontré con algo parecido a unas criptas de tonel de amontillado... ¡qué no tenían luz propia! Tan sólo unos focos como de arreglar coches. El olor era cósmico. Tras tan traumática situación, salimos por patas de allí, pues al parecer la cerveza era también para echársela a los cochinos. De mala que estaba. Mi Fanta al ser un sabor standard estaba bueno.
El restaurante gallego bien, comí cosas que hacía eones que no probaba -mejillones, por ejemplo-, y en general bien, aparte del mal genio de una pequeña camarera con una camiseta de Nunca mais, que daba color al almuerzo. De repente apagaron las luces, y empezó a sonar por una megafonía cascadilla y distorsionada una invocación en gallego a las meigas. La camarera diminuta empezó a hacer queimada a las 5 de la tarde. ¡Qué cosa más rara, vive Dios! Parece ser que antes lo hacían a la hora de las brujas, a las doce de la noche, pero ahora todo es más turístico. Eso sí. Coca Cola no tenían. Parece ser que es tradición de la casa. Creo que Carmen y Carlos querían ir al cine, pero con el frío que estaba haciendo se ofrecieron (les dije con ojos de carrnero degollado) que me llevaran al Decathlon. No quería arruinar su tarde de cine, pero me quedaban luchas inclementes contra el tiempo, camino de mi máster, así que allí nos dirigimos. En Madrid todo está a tomar por saco, sobre todo las cosas locas que construyen en grandes polígonos industriales. Menos mal que había coche. Tras mucho buscar, encontré una 4XL que me convenció en seguida por su calidez, tamaño y precio. Me ofrecieron gentilmente irme a la sierra a pasar la noche, pero yo había quedado para la mañana del domingo con Lía. Otro día será. Me dejaron en casa, y salí a probar mi nueva zamarra comprado en la sección de Caza. ¡Funciona!¡Eureka!

¡Qué no me llaméis maestro, que me llamo Jesús!
12+1 Una comedia metafísica
Al final el domingo llegó, sin paseo por el mercado de nosedondequeíbamosair por cosas que tenía que hacer la Lía, y conmigo estudiando el módulo de fotografía en el piso. Mirar apuntes es agotador, una mierda. Odio los exámenes, ¿lo sabían? Pue eso. Estaba tristón, llevaba así varios días... pero como en mi vorágine de fin de semana habíamos quedado en la Sala Berlanga para ver una peli de esas luchaneras, pues allí que me presenté. No sabía quién iba. Todo era muy de incertidumbre en los mensajes privees del FB. Pero bueno, consultando en la web del metro de Madrid, Niño Murga, Ansiolina y yo nos presentamos allí, tras un trasbordo en Sol, que estaba lleno de gente con ganas de juerga, y un agradable paseo de Moncloa a dicho cine, donde pasé por la Calle de Don Hilarión Eslava, famoso autor de los antiguos métodos de solfeo con los que estudiaron nuestros padres y abuelos.

Castañita, Ansiolina -que sí entendió la película-
y los absolutamente diferentes
Niño Murga y B.b. Raro
.
Sólo nos encontramos con Jimina y con su amiga Beatriz como personas humanas, y con B.b. Raro y con Castañita como los simpáticos muñequines venidos de Remundo. Más que de sobras para pasar un buen rato de cine. Vimos una comedia metafísica que se llamaba 12+1. Iba de como los discípulos seguían a Jesús por el desierto y de las industrias que les pasan. A mí me gustó, la verdad. Era un despropósito, pero que tenía su gracia. Y los actores muy bien, creo yo. La peli acabó y decidimos tomarnos unos refrescos en cualquier café. Encontramos uno que se llamaba Café Tambor, y he de decir que espero repetir en ese sitio tan chulo. Ambiente decadente, jazz antiguo de fondo, y camareros simpáticos y clásicos. Hubo grata conversación y compañía. Beatriz, a la que no conocía, resultó ser un encanto de chica, pero se tuvo que ir. Jimina y yo nos quedamos un rato más acabando las tónicas, la cocacola nueva que eme pedí y los cacahuetes. Me dijo mi amiga Tona una vez que ver a la gente cuando está en una época no demasiado buena te hace conocerla mejor. Este fue uno de esas situaciones. Hablamos de cosas que no vienen al caso aquí, y me di cuenta que el Luchana, ese mágico club de murga y alegría, está formado por personas muy afines a mí, empezando por Jimina, detonante, creo, de todo esto. Las personas que conocemos por internet pasan por una criba no escrita, metalingüistica, no muy consciente, de búsqueda de afinidades, incluso de longitudes de onda cerebrales. Aún estando tristes, siempre queda tiempo para la risa. Eso es una lección que aprendí hace mucho, y que espero seguir aplicando. Era hora de irse. La simpar Sabadú pagó. Cuando salimos del Café Tambor -que supongo le gustará mucho a Tinín- hacía frío, Jimina, vestida de lolita mañanera, me acompañó un rato hasta el metro, cogió un taxi y nos despedimos. Espero que habrá próximas veladas en la Sala Berlanga. Espero no tener que ver esa tristeza en sus ojos.

Jimina y Mameluco en el Café Bar Tambor, contándose sus cosas. Bueno, aquí más bien posan.

Ahora estoy en Castro, de puente.
Pero habrá más, aquí en LA CIUDAD NO ES PARA MÍ.